Sobre La Palabra #2

By Emanuel Swedenborg
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2. QUE LA PALABRA ESTÁ VIVA INTERIORMENTE.

Cuando la Palabra es leída por un hombre que la considera santa, entonces su sentido natural se vuelve espiritual en el segundo Cielo, y se vuelve Celestial en el tercero; así es despojado sucesivamente de lo natural; esto ocurre porque lo natural, lo espiritual y lo Celestial se corresponden entre sí, y la Palabra está escrita por meras correspondencias; el sentido natural de la Palabra es tal, cual es en el sentido de la letra, cuya totalidad se convierte en espiritual, y después en Celestial, en los Cielos; y cuando se vuelve espiritual, entonces allí vive de la luz de la verdad allí, y cuando se vuelve Celestial, vive de la llama del bien allí. Pues las ideas espirituales en los ángeles del segundo Cielo se derivan de la luz allí, que en su esencia es la Divina Verdad; pero las ideas Celestiales en los ángeles del tercer Cielo, se derivan de la llama del bien, la cual en su esencia es el Divino Bien; pues en el segundo Cielo la luz es alba, desde la cual piensan los ángeles allí, y en el tercer Cielo la luz es flámea, desde la cual piensan los ángeles allí; los pensamientos de los ángeles difieren completamente de los pensamientos de los hombres; piensan por medio de luces, sean albas o flámeas, las cuales son tales, que no pueden ser descritas naturalmente.

Desde estas cosas se patentiza, que la Palabra vive en el interior, y así que no está muerta, sino viva en el hombre, que piensa santamente sobre la Palabra, mientras la lee. Además, todo en la Palabra es vivificado por el Señor, pues se vuelve vida con el Señor, como dice el Señor en Juan: “Las palabras que Yo os hablo, espíritu son, y vida son” (Juan 6:63); la vida que a través de la Palabra fluye desde el Señor, es la luz de la verdad en el intelecto, y el amor del bien en la voluntad; este amor y aquella luz, conjuntamente hacen en el hombre la vida del Cielo, la cual es llamada “vida eterna”; lo enseña también el Señor: “Dios era el Verbo (la Palabra); en Él la vida era, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1:4).

  
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